El 9 de diciembre de 1917, el carguero de vapor Claudio, de la Compañía Naviera, que transportaba fosfatos de Tampa para la Fábrica Industria y Comercio de Basurto, entró en el puerto de Bilbao con graves daños y varias bajas, quedando amarrado en el muelle de Luchana.
Según los tripulantes, el carguero fue interceptado por un submarino alemán U3 a quinientas millas del Cabo de Finisterre. El submarino disparó el cañonazo protocolario para ordenar la detención del buque pero, al no reaccionar este, abrió fuego otras siete veces, causándole grandes destrozos en la obra muerta. Dos maquinistas y varios marineros, temiendo que el Claudio se fuera a pique, se arrojaron al mar. Ocho de ellos desaparecieron en las frías aguas del Atlántico.
El capitán del Claudio, después de recuperar el control de su tripulación, ordenó detener el buque. Un oficial del submarino subió a bordo y, tras comprobar la nacionalidad y el destino de la nave, admitió su error y presentó sus excusas. Los tripulantes del submarino ayudaron a rescatar a los marineros que habían saltado, extinguieron el incendio que habían provocado los cañonazos y repararon parte de los desperfectos. Así, aunque maltrecho, el Claudio pudo continuar hasta arribar a puerto.
La noche antes del atraque coincidió con el inicio de la lluvia de estrellas de las Gemínidas. El capitán del Claudio, desvelado por el reciente suceso, tuvo oportunidad de ver caer uno de los meteoros, que se desintegró sobre el mar con una llamarada de color verde. Después de una noche de pesadillas en las que se le aparecieron los tripulantes ahogados, se levantó con el ánimo sofocado y se rebeló contra las excusas del oficial alemán.
Cuando el capitán prestó declaración ante la Comandancia de Marina, no mencionó ningún hecho particular entre los cañonazos y la marcha del submarino. Tampoco desmintió la información que se había difundido por telégrafo, en la cual se afirmaba que el ataque se había producido a cincuenta y no a quinientas millas del Cabo de Finisterre; esto es, dentro del territorio español en vez de en la zona de bloqueo alemana. Si bien los tripulantes que regresaron a casa contaron la historia tal como había sucedido, la verdad no llegó al público hasta unos meses más tarde. Con el tiempo, la gente comparó el incidente del Claudio con el del Maine, afirmando que, en cualquier caso, el fin había justificado los medios.
El 26 de diciembre de 1917, en respuesta a aquel ataque, España se declaró hostil al Imperio Alemán, alineándose de forma oficial en la Primera Guerra Mundial. Su participación, en realidad, se limitaría a la provisión de suministros a las naciones aliadas. Los voluntarios que marcharon al frente nunca fueron recibidos con honores, pues las autoridades se oponían a una intervención directa por temor a las posibles represalias. En cualquier caso, los soldados apenas tuvieron tiempo de entrar en acción, ya que el Imperio claudicó sólo un año después.
Entre 1918 y 1936, España siguió dividida por sus conflictos endémicos aunque, en general, permaneció incólume frente al fascismo. El ejército se entretuvo analizando su papel en la Gran Guerra y se distrajo así de su problemática macrocefalia. Al golpe de estado fallido de 1936, que no fue secundado fuera de Madrid, le siguieron tres años de paz y prosperidad.
Mientras tanto, en el centro de Europa, los intelectuales judíos estaban empezando a emigrar tras el ascenso al poder de Adolf Hitler. La mayoría, en espera de una pronta ocasión para el regreso, se trasladó a España, donde una corriente de romanticismo tardío estaba reivindicando los aportes que las distintas culturas habían hecho a su paso por la Península.
Es probable que, entre los exiliados que estaban cruzando los Pirineos, se encontraran Leo Szilárd, Edward Teller y Eugene Wigner, tres científicos nucleares procedentes de Hungría. De lo que no hay duda es de que los tres se habían mudado a los Estados Unidos a finales de 1946, atraídos por la promesa de tecnología e instalaciones más avanzadas. Si realizaron investigaciones en España entre su partida de Hungría y el fin de la Segunda Guerra Mundial, no quedó constancia al menos de los resultados, aunque se podrían imaginar viendo el curso de los acontecimientos.
En noviembre de 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial, cuyo desarrollo, por conocido, se puede omitir aquí.
En 1945, tras casi seis años de combates, la guerra no parecía próxima a su fin. La derrota del Imperio Japonés, aunque inevitable, se estaba prolongando debido a la movilización de la población civil, manteniendo así a los aliados norteamericanos encallados en el Pacífico. El Eje avanzaba palmo a palmo en la Francia libre, lo mismo que perdía en el frente oriental debido a la escasez de material y soldados. La población estaba exhausta y las naciones que habían entrado en la guerra se encontraban al límite de su resistencia.
En un lluvioso 16 de agosto de 1945, la primera bomba nuclear de la historia, surgida aparentemente de la nada, fue probada con mediano éxito en los Montes de Toledo. El gobierno español ocultó el suceso informando de la explosión de un V2 con agentes químicos lanzado desde territorio francés. Los errores de cálculo, que extendieron la contaminación por buena parte de la cuenca del Guadiana e hicieron desaparecer a todos los testigos presenciales, contribuyeron a que el público no dudara de la versión oficial. A raíz de aquel incidente, Albert Einstein envió una carta a Franklin Delano Roosevelt para advertirle de la posibilidad de que los alemanes hubieran usado una «bomba atómica», pero nadie le hizo caso.
En febrero de 1946, con los tanques alemanes acercándose a la península tanto desde el continente como desde el norte de África, se ensambló una segunda bomba nuclear. No obstante, debido a la dificultad de mejorar el diseño en tan corto plazo, la bomba resultó tan masiva como una locomotora de vapor y, por lo tanto, imposible de transportar por aire. Puesto que los submarinos habían bloqueado las rutas marítimas y las vías de tren habían sido bombardeadas, se decidió desmontarla de nuevo y enviarla al frente camuflada en carros con tiros de mula. Los ingenieros fueron disfrazados de emigrantes germanófilos y se instalaron fardos de dinamita bajo los pescantes para destruir la carga en caso de emergencia. Para mayor realismo, a cada ingeniero se le obligó a ir acompañado de su familia, a la que se hizo creer que, en efecto, habían sido expulsados del país.
Un par de semanas más tarde, con la operación ya en marcha, un periodista de Nueva York que se encontraba en el sur de Francia vio a uno de los ingenieros acomodar la carga para sacar su carro de una rodera enfangada por la lluvia y se olió que estaba sucediendo algo fuera de lo común. Empezó a seguirlo con discreción hasta llegar a un cobertizo a la orilla del Sena, entre París y Rouen, adonde el resto del convoy había llegado aprovechando la debilidad de las líneas. El periodista consiguió acercarse entre los arbustos de un montículo y fotografiar todo el proceso de montaje sin ser descubierto. Dedujo con acierto que los ingenieros planeaban conducir la bomba en una barcaza río abajo hasta el puerto de Le Havre, que había sido desalojado y tomado por el grueso de la flota superviviente alemana, confiando en que, si los tripulantes eran sorprendidos, podrían detonarla a tiempo para que no cayera en manos enemigas.
Contra lo que estaba previsto, la barcaza seguía el día siguiente amarrada al embarcadero. El carro que llevaba el plutonio no había aparecido. Los ingenieros esperaron en vano, escondidos en el cobertizo, hasta que la cercanía del frente y la falta de víveres les obligaron a dinamitar la bomba y huir con sus familias. Pocos días después las fotografías del montaje se publicaron en un diario de ultramar. Las potencias del Eje descubrieron la verdad sobre el suceso de los Montes de Toledo y comprendieron el retraso que llevaban en el desarrollo de la bomba. Ante la negativa de Hitler y su guardia a rendirse, las sublevaciones populares pusieron fin de facto a la guerra, paralizando la producción, linchando a la cúpula dirigente e inspirando deserciones en masa entre las tropas.
Sobre el ingeniero perdido, se supo que erró el camino en la oscuridad al tratar de evitar una patrulla, con tan mala suerte que acabó yendo a parar a un campo avanzado de misiles. En aquel campo se encontraba, justo en aquel entonces, el ingeniero de cohetes Wernher Von Braun, el cual, ante el cariz que tomaba la guerra y las presiones de la facción de Himmler, había procurado trasladar a su equipo científico lo más cerca posible de la frontera. Ya entonces las aspiraciones de Von Braun incluían construir un cohete que fuera capaz de llevar al primer hombre a la Luna. Sin embargo, habiendo perdido algunos especialistas de motores en el bombardeo de Peenemünde, todavía no estaba en condiciones de diseñar un sistema de propulsión a la altura de aquel reto. Cuando le sentaron delante al ingeniero capturado, el creador del temible cohete alemán utilizó toda su habilidad para sonsacarle la descripción de los principios de la bomba. Debido a esta influencia temprana, Von Braun pasaría el resto de su vida obsesionado con el potencial de la energía nuclear.
Von Braun se entregó a los aliados días antes de que cayera Berlín, con la condición de que él y todo su equipo recibieran asilo en los Estados Unidos. Aunque no se le juzgó de forma oficial, su pasado nazi le fue recordado con asiduidad, especialmente cuando ignoró los avances de la Unión Soviética en la producción de motores de combustión y se empeñó en desarrollar su propio cohete nuclear. Eventualmente, los espías americanos consiguieron robar los diseños rivales, de modo que, con la colaboración de Von Braun o sin ella, la carrera espacial se mantuvo más o menos igualada hasta 1975.
El 30 de noviembre de ese año, el primer cohete de plasma movido por un reactor de fisión despegó con ruido atronador y un destello de luz cegadora desde el Grover Cleveland Space Center, con destino a los grises páramos de la Luna. Así fue como dio comienzo una época de progresos extraordinarios inspirados por el éxito de aquella legendaria misión espacial.
El motor de Von Braun fue mejorado a mediados de los noventa con el desarrollo de la energía de fusión. Gracias a aquella nueva fuente de energía, la astronauta Florinda Meza puso pie en los desiertos polvorientos y vírgenes de Marte la mañana del 13 de septiembre de 1995. El acontecimiento fue seguido en directo en todo el mundo y miles de páginas fueron escritas para dar testimonio de su enorme impacto cultural. El libro divulgativo De la Tierra a Marte de Irving Johnes se mantuvo presente en la sobremesa de cientos de millones de hogares mucho después de que aquella primera huella se hubiera desvanecido.
Con el tránsito del nuevo milenio, sin embargo, empezaron a aflorar los inesperados efectos de la avalancha de nuevas tecnologías. Los precios de la energía y de la vivienda se dispararon con el aumento de la reclusión doméstica, la esperanza de vida decreció debido al abandono de la actividad física y las dietas saludables, la investigación científica se interrumpió por falta de vocación, las industrias pesadas se paralizaron por la carencia de mano de obra y la natalidad descendió muy por debajo del umbral del relevo generacional. La presión de todos aquellos cambios hizo olvidar pronto los logros anteriores, y las ambiciones idealistas de la ciencia fueron sepultadas por las obsesiones anecdóticas del día a día.
El 4 de marzo de 2006, lejos de las preocupaciones de la gente de a pie, el comandante de la misión Peary estaba recogiendo algunas muestras de hielo que había extraído en uno de los valles de Europa, la misteriosa luna helada de Júpiter. Cada uno de aquellos cilindros contenía un registro de millones de años del océano que había oculto bajo la corteza. Si había algún rastro de vida en aquel hielo, los científicos de la Tierra darían con él tarde o temprano.
Cuando el comandante se dirigía hacia su vehículo de transporte con los brazos llenos de su preciosa carga, la pared de un remoto acantilado en el final del valle se quebró y se desplomó sin previo aviso, dejando al descubierto las momias de una familia entera de criaturas marinas. Puesto que la misión Peary sólo había previsto recolectar cien kilos de hielo, tuvieron algunos problemas para traer de vuelta un ejemplar.
El aterrizaje de los astronautas se preparó con una intensidad digna de semejante acontecimiento. Muchos grandes intelectos habían especulado en vano hasta aquel día sobre la singularidad de la vida, y generaciones enteras habían fantaseado hasta la extenuación con un Universo repleto de exóticos oasis. En cualquier otra época, el puesto de exhibición de «la Criatura», como habría sido bautizada con un regusto sutil de deleite y horror, se habría convertido en un punto de peregrinaje para millones de curiosos, mientras los científicos, impacientes por someterla a sus escalpelos y microscopios, se habrían peleado con las muchedumbres empeñadas en conseguir una última oportunidad de contemplar, aunque fuera de forma fugaz, los extraños ojos, las extrañas aletas, la extraña piel y la extraña anatomía de aquel ser extraterrestre.
Sin embargo, por algún motivo ajeno al sentido común, el 24 de diciembre de 2006, cuando «la Criatura» fue presentada en sociedad, el público que la observaba desde el hermetismo de sus hogares se limitó a evaluar de forma indiferente su apariencia, hacer quizá un comentario breve e ininteligible, y borrarla de su memoria como algo que no requería más atención. Los intelectuales que habían esperado que se produjera un gran cambio de paradigma se vieron frustrados y tuvieron que reconocer que la exploración, en cualquiera de sus formas, había dejado de ser una materia de interés para el pueblo.
El 20 de enero de 2009 se dio por clausurada la carrera espacial. La decisión apenas escandalizó a nadie. El dinero se destinó a financiar tratamientos contra la obesidad y las antiguas instalaciones espaciales acabaron dando cobijo a una próspera comunidad de ratones y mochuelos, los cuales, en las horas del crepúsculo, solían dejarse ver reposando flemáticos sobre los cohetes que una vez habían impulsado a la humanidad hacia el espacio.
Años más tarde, en aguas del Atlántico, a varios cientos de millas del Cabo de Finisterre, el capitán del vetusto buque de sondeo Ladón notificó el hallazgo de un nódulo metálico de grandes dimensiones en el fondo del océano. Tras varios intentos fallidos, una draga de gran profundidad consiguió sacarlo a la superficie de una pieza. Un examen minucioso de su composición permitió determinar que se trataba de una roca procedente del espacio.
El meteorito quedó depositado en un rincón de un almacén del puerto. Allí permaneció olvidado durante años, hasta que el capitán, ante la falta de interés de las autoridades, decidió llevárselo para venderlo a un coleccionista de rarezas, no sin antes hacerse con un fragmento, que ordenó fundir y moldear en la carcasa de un reloj.
Aquel reloj nunca midió correctamente el tiempo. Las tres agujas tendían a cambiar de dirección cada vez que coincidían en el mismo punto. Sin embargo, el capitán, que lo mantenía bajo llave para que nadie pudiese darle cuerda, nunca se atrevió, por superstición, a desprenderse de él.